México 1997- Recuerdos de un Viaje. Pelao Carvallo

pelao

Publicamos este relato de Pelao Carvallo, pues valoramos el ánimo de recordar los años que fueron marcando nuestras convicciones. La memoria histórica no la protegemos solo reuniendo papeles, también lo hacemos recordando, manteniendo frescos los momentos que fueron marcando los caminos individuales y colectivos. Tal como lo hizo el compañero, esperamos que muchxs más se sienten a escribir de la vida y su vínculo con el desarrollo del anarquismo local

México ‘97 Recuerdos de un viaje

Dedicatoria:

  A la gente de la AIT en ese tiempo, especialmente de la CNT AIT española y de nuestra pequeña sección en Chile.  A lxs compas anarquistas y punks de México de todos los espacios que conocimos.  A Yohanna, compañera de memorias. A Rondador y Lila que ayudaron para que esto fuera leíble de una manera decente. Y a quienes amo y me quieren pese a todo. A mi hija.

 Introducción

Este relato escrito sobre un viaje lo hago 23 años después. No pidan exactitud ni documentos que acrediten nada, no los tengo.  Salvo una que otra fotografía y algún recuerdito en papel. El propósito es cerrar un compromiso conmigo mismo y ver si lo que relato es útil a alguien del mundo libertario y más.  Bueno, disfruten la lectura. Aclaro que no recuerdo detalladamente que hicimos día a día, que comimos y eso, ni el orden de las cosas, puesto no llevé un diario de viaje.

Viaje

No iba a viajar yo, sino lxs compas de Temuco, de “Solidaridad Obrera”, la sección chilena de la AIT – ¡sección! Cuándo éramos 4 pelagatos muy comprometidos eso sí, pero 4 pelagatos igual-Conformada por grupos de activistas en Temuco, Concepción y Santiago, uno de los compas de Temuco no pudo viajar y me cayó el viaje encima.

Los trámites de compra de pasajes los hicieron en España que era la sede del secretariado de la AIT y nuestro viaje era en representación de la AIT y quienes terminamos viajando; aunque formalmente éramos parte de la AIT, en realidad poco sabíamos de ella y, como organización local, talvez no pudimos prepararnos bien en nuestro rol -no recuerdo un tallercito o algo al respecto.

Mi compañera de viaje fue Yohanna, de Temuco. El aeropuerto santiaguino era chiquito en ese entonces, pero para mí todo era maravilla puesto que era mi primer viaje internacional y el primero, también, en avión. Para ser el primer viaje en avión fue en muchos. Tuvimos escalas con y sin cambio de avión en varias oportunidades. Subía y bajaba gente a cada rato, y nosotros también. En algún momento subió una delegación deportiva que nos hizo ruidoso el viaje por un tiempo. Dentro del avión las últimas filas de asientos estaban habilitadas para que se pudiera fumar.  Hacia allá se desplazaba la gente y sentada o de pie se ponía a fumar.

En una de esas escalas bajamos en San José de Costa Rica. Fuera del aeropuerto, tras unos ventanales gigantes, se veía una tormenta con nubes, viento y rayos. Yo estaba extrañado de no sentir frío. Fue mi primer encuentro con el intertrópico. Tan entretenidos estuvimos que casi perdimos la conexión y fue la primera vez que escuchamos nuestros nombres por los altoparlantes de un aeropuerto.

Entre escalas de aeropuertos acompañaba a Yohanna a que fumara, e íbamos tomando algo de alcohol que ofrecían en los vuelos… el cual se iba sumando. Se fue armando un grupito de gente viajera que fumaba y tomaba en las últimas filas del avión.  Durante el último trecho de esos vuelos, nos hicimos compinches (especialmente Yohanna) de una chilena que iba en el vuelo, aunque no recuerdo dónde subió, una chilena con poco acento de chilena, una señora ya, aunque no muy mayor.  Con ella, debido al atraso, llegamos a un acuerdo: a quien no fueran a esperar (ella o nosotres), la otra parte veía de cuidarla y conseguir alojamiento para ella.

Hubo un último e inesperado cambio de avión por algún problema o cambio con el itinerario original: subimos a uno gigante de Mexicana de Aviación, en el aeropuerto de Tegucigalpa, Honduras. Ya era de noche y estábamos cansados, un poco ebrios y atrasados. En el aeropuerto de Ciudad de México, se suponía, nos esperaban compañeros anarquistas con relación con el FAT (frente auténtico del trabajo) de México, pero con el gran atraso que llevábamos no estábamos seguros de que nos siguieran esperando y por tanto con mucha tensión y temor… en ese tiempo se usaba más el teléfono que internet.

Llegada

Llegados al aeropuerto de Ciudad de México, tuve mi primer trámite de aduana en la vida y me pareció largo y agotador. La policía encargada de sellar nuestros pasaportes era fea como solo puede serlo un policía. Esto lo digo porque fue el comentario que nos hizo reír y destensionar la situación cuando íbamos a retirar nuestro equipaje. Al salir nos esperaba un compa anarquista. A la señora chilena no la esperaban. Su novio, si había venido, ya se había retirado. Así que por un rato la acompañamos en busca de un teléfono y una solución. Mientras convencíamos al compa que nos venía a buscar de poder dar alojamiento a la señora.

Finalmente, la señora vino con nosotres al alojamiento. Fuimos en taxi, un escarabajo Volkswagen, hasta la sede del FAT. Un edificio sindical que a nosotres nos pareció tan gigante como pequeño el taxi. Gigante para ser sede de un sindicato, encima un sindicato que según contaban era minoritario y pequeño en México. Sí ese es pequeño –pensamos- cómo serán los grandes. Comimos algo y nos mostraron donde dormir: un salón grande lleno de camastros, con las duchas en un costado del salón. Por las ventanas podía verse ese sector de la ciudad, que si esa sede sindical sigue ahí es en Guadalupe Victoria. Dormimos bien. La señora chilena también.  Al día siguiente la señora chilena se encontró con su novio y pudo ir a sus cosas. Nosotres nos encontramos con los compas anarquistas del FAT quienes nos dieron todas las indicaciones y la agenda de esos días, puesto que el Congreso del FAT, al que estábamos invitades, no iba a ser sino en unos días.

En el DF

Ya instalados tuvimos muchas conversas con anarquistas y gente del FAT, muy amables y conocedores de su realidad. Visitamos la Biblioteca Reconstruir, una iniciativa que venía del exilio anarquista ibérico en México y que continuaban compañeros anarquistas y punks. Era una biblioteca instalada en un departamento de un edificio céntrico y que tenía montón de joyitas como la Enciclopedia Anarquista, era un lugar muy bonito, agradable, entrañable. Recuerdo a dos compañeros en especial:  Tobi y Quico –sus apodos.

El primer día en el DF me sentí mal. En algún momento sin saberlo me había apunado, tenía mal de altura. Nos vino a visitar y agradecer la señora chilena y al enterarse de mi malestar ofreció llevarnos a un médico que podía conseguir su novio. Nos contó que su novio era venezolano, trabajaba o era jefe de una delegación deportiva que estaba instalada en un complejo deportivo olímpico en la zona de Xochimilco. Allí nos encontramos con el novio quien me llevó a que me viera el médico de la delegación, un médico rumano. El novio tenía a su hija en la delegación, la que parecía no estar contenta con la aparición de la señora chilena y sus invitados. El médico, después de un rápido chequeo hecho por él mismo, me dijo en resumidas palabras que no pasaba nada, que yo estaba apunado, que no me ayudaba en nada los kilos demás que andaba trayendo, y que se pasaría. Me dio unos remedios para ayudar a pasar el mal momento junto a recomendaciones generales.

Bueno, de ahí en adelante mientras estuvimos en el DF nuestros días fueron más o menos así: de día con el mundo anarquista, FAT y punk y de noche cenas con la señora chilena y su novio y muy pocos momentos para estar sin compañía y poder digerir la experiencia. La señora chilena tenía una vida muy interesante y extrema. No era nada pobre, por decir lo menos ya que estaba emparentada con los dueños de una empresa industrial conservera en Chile. Era viuda de un general panameño muerto durante la invasión yanqui contra Noriega. De su novio decía que era “trigueño”. El novio en su juventud fue levantador de pesas deportivo y algún premio ganó en una competencia en Perú, según nos contaba ella. En ese momento era entrenador o algo en las fuerzas armadas venezolanas, las de antes de Chávez. La señora chilena nos invitaba frecuentemente a cenar a lugares que a nosotres nos parecían entre elegantes, caros y turísticos, hoteles incluso. Fuimos a plaza Garibaldi y un día nos invitaron a una corrida de toros en una especie de estadio que por fuera no se veía muy grande, pero adentro parecía gigante puesto que estaba construido como si fuese un hoyo en el suelo, menos de la mitad de la estructura estaba sobre el nivel del suelo. Pensé mucho si ir o no a esa invitación puesto que había ya una discusión animalista en Chile en ese tiempo. Fui porque mi convicción animalista no era muy firme todavía y porque mi curiosidad me ganó. La plaza de toros era muy grande, con aires de cierta elegancia, y se ve que iba gente muy adinerada y costumbrista, porque había mucha gente vestida de charro elegante como de película. Vi el rodeo, impresionado sobre todo por el ángulo de las plateas que estaban casi rectas sobre el “escenario”, es decir el ruedo abajo. Ahí vi que al pobre toro lo torturan y desangran antes que enfrente al torero.  Le pican con lanzas unos lanceros a caballo y otras cosas le hacen unos ayudantes de a pie del torero. Es muy difícil que un toro pueda cornear al torero puesto que ya está medio desmayado para cuando aparece el torero. Bueno, una situación totalmente injusta, no hay ninguna valentía en lo que hace el torero y que haya gente aplaudiendo eso es más bien porque le adoctrinan desde pequeños. Salí convencido que eso, el toreo, y sus similares, son patrañas autoritarias y criminales, nada de deportes.

Con los y las compañeras anarquistas compartimos mucho, nos mostraron muchas cosas, acciones, actividades, campañas que llevaban adelante o apoyaban o cosas que le agradaban de la vida. No voy a contar en detalle porque muchas cosas se me han olvidado, pero para dar una idea: nos llevaron al tianguis donde habían puestos o negocios de chicxs punks, los más punks que había visto en la vida hasta ese momento, con las crestas más largas del mundo, muy amables y divertidos, el tianguis era como el patio de su casa y lo pasaban bastante bien por lo que veíamos. Allí, como en otros sitios compartimos cerveza directo de la botella, cosa que nos hacía sentir en casa. Nos llevaron a conocer una “cocina popular” en un terreno semibaldío en el DF, un sitio que quedó vacío tras la caída de un edificio en el terremoto del ’85 (puede ser que haya sido un terremoto posterior, pero creo que era ese). Ese edificio estaba ocupado principalmente por empresas textiles con cientos de trabajadoras, muchas de las cuales murieron con la destrucción del edificio. En la lucha por obtener algún tipo de reparación las trabajadoras sobrevivientes ocuparon el terreno y allí levantaron varias iniciativas, unas llevadas por ellas y otras en conjunto con otras organizaciones o personas. La “cocina popular vegetariana” era una de ellas, organizada por compañerxs punks vegetarianxs y veganxs que daban comidas a la gente que iba al lugar y enseñaban a cocinar, todo de manera cooperativa y autogestionada.

Una iniciativa muy interesante que vimos fue la del “Año Social Flores Magón”, hecha a propósito de un aniversario importante de uno de los hermanos Flores Magón o de uno solo de ellos, no recuerdo bien. Era una actividad bien simple y efectiva: durante un año (o una cantidad de meses) quienes adhirieran al año social hacían sus actividades habituales, ya programadas, solo ponían en los afiches y presentaciones que adherían al Año Social y aprovechaban de hablar de los Flores Magón. Lo único especial era que se hacía un evento de lanzamiento y otro de cierre, pero todo lo demás era adherir, mostrar y hablar. Me gustó tanto que intenté recrear esa iniciativa (no a propósito de los Flores Magón) en Chile, pero no tuve éxito.

Todo lo que conocimos fue a pie, en metro, en “pesero”, taxi y creo que una sola vez en auto particular, puesto que la gente que nos recibió en México era tan pobre como nosotres. La ciudad nos parecía gigante, especialmente cuando íbamos en “pesero”. Para andar en metro, los compas nos enseñaron a “colarnos” o “evadir” atendiendo a cuando los guardias o policías estuviesen distraídos. En particular me llamaba la atención el metro lleno de vendedores ambulantes porque en ese tiempo eso no pasaba en el metro de Santiago.

Recuerdo con mucho cariño las clases de alfabetización en castellano que compas anarquistas hacían en fábricas de todo tipo, aprovechando las posibilidades de Educación Popular que tenían los sindicatos mexicanos. Fuimos a una fábrica o fundición donde enseñaban a escribir, leer y algo de matemáticas, a señores mayores de habla indígena, no recuerdo si náhuatl u otra. La enseñanza se hacía dentro de la fundición, pequeña, en un espacio que servía como comedor o algo así y en horario de trabajo. Los trabajadores fueron muy amables, interesados en quienes eran las visitas y lo que hacíamos ahí. Me impresionó mucho el trabajo y fue motivo de muchas conversaciones con la gente que nos llevó a conocer esa experiencia, puesto que combinaba el activismo, la educación popular libertaria, el aprovechamiento de conquistas sindicales que obviamente el Estado no difundía y la necesidad de dotar de herramientas como sumar y restar a esos trabajadores que eran esquilmados por los patrones a la hora del pago.

Fuera del DF

En ese tiempo estaba en boga el zapatismo, no había pasado mucho tiempo desde el 1 de enero de 1994 y había una gran discusión en el anarquismo mexicano (y mundial) sobre el zapatismo y su relación con el anarquismo. Las posiciones iban desde el distanciamiento total hasta la alianza total pasando por matices de aprovechamiento mutuo. En el entorno FAT y anarquista que conocimos había gente integrante en ese tiempo del recién constituido FZLN, la ampliación popular mexicana del EZLN, con la F de Frente. Unos compañeros muy entusiastas que apoyaban al FZLN nos invitaron a conocer la ciudad de Cuautla, ciudad del Estado de Morelos, en la que llevaban adelante un hermoso trabajo cooperativista con comunidades agrícolas semiurbanas. El lugar era hermoso, con arroyos, esteros y mucha agua, cerca del volcán Popocatépetl. Un arroyo increíble de aguas tremendamente trasparentes, por ejemplo, fue algo que nos emocionó mucho. También las frutas gigantes que veíamos en los árboles. La casa de quienes nos invitaron era hermosa y hecha por ellos mismos. No recuerdo bien si dimos algo así como un taller o charla, pero tuvimos bastantes conversaciones con la gente del lugar. Visitamos también el museo de la casa natal de Emiliano Zapata, que quedaba en Anenecuilco muy cerca de Cuautla. Por cierto, Cuautla queda bastante cerca del DF.

Toda esta gente estaba, de un modo u otro, ligada al FAT a cuyo Congreso asistimos, el cual se realizó en un centro recreacional cerca del DF y cerca de Cuautla: Oaxtepec. Fue impresionante para nosotres, un par de desconocides, ser parte de los “invitados internacionales” del evento, junto a sindicalistas yanqui con quien hacían alianza contra el TLCAN que perjudicaba a lxs trabajadorxs de todo ese subcontinente. Al Congreso del FAT llegaba gente de todo México y de todas las profesiones y circunstancias. Se definía como “Frente Auténtico del Trabajo” para dejar claro que no era exactamente una central sindical, que lo era, pero además era otras cosas (pongo “era” porque no sé cómo estarán ahora) muy interesantes puesto que tenía un “subfrente” (no recuerdo el nombre que le daban) cooperativo, rural, de vivienda o poblacional, de mujeres etc. El estrictamente sindical era uno más de esos frentes.

El FAT propiciaba una política autogestionaria al estilo de lo que la Yugoslavia de Tito entendía como autogestión, algo de su inspiración venia de ahí mientras que otra del activismo popular católico. Por el lado de la autogestión, es que había cercanía con el anarquismo. O con cierto anarquismo. Había, entre los famosos que asistían al encuentro, un anarquista intelectual mexicano que era tratado como eminencia por los compañeros que estaban con nosotros. Lucía una chaqueta de cuero muy punk con la virgen de Guadalupe pintada en la espalda. Un anarquismo folklórico con un dejo nacionalista populista muy poco leve.

 Oaxaca

En algún momento decidimos repartirnos las tareas y las invitaciones con Yohanna, ella optó por quedarse en Cuautla, en la cariñosa invitación de la gente del FZLN local. En tanto, yo, hacía la vuelta al DF para viajar a Oaxaca. Esto estaba en los planes desde Chile y la única confusión (chistosa) respecto al tema es que para mí Oaxaca (con O y equis) era un lugar distinto a “Guajaca” (que era como me sonaba le decían) con g y jota. Con mucho temor seguí las rigurosas instrucciones que incluían desde cómo llegar al terminal de buses del DF (gigante) hasta que bus tomar, cómo y cuánto pagar por el pasaje. Comprar un pasaje de bus para un viaje de casi medio día fue toda una prueba, así como el nerviosismo y la curiosidad de ir mirando todo el paisaje de la carretera a Oaxaca. En el bus, nunca me moví de la ventana viendo un paisaje que me recordaba al de los alrededores de Santiago de Chile cuando vas al sur, norte o costa.

En Oaxaca me esperaban para mostrarme la ciudad y ayudarme a preparar mi participación en un seminario internacional en la Universidad local (o algo así). El chico que me recibió fue muy amable, agradable, conocedor, simpático e informado sobre la cultura local, política y social. La ciudad es hermosa. El chico (lo de chico es un decir, era de mi misma edad o un poco mayor, punk) me dio un tour por la ciudad y sus alrededores. No recuerdo cuanto tiempo estuve en Oaxaca, pero definitivamente no fue un solo día. La situación en Oaxaca estaba movida, especialmente por el profesorado y otros gremios que luchaban continuamente y eran duramente reprimidos. El seminario era en el contexto del año social Flores Magón y entre los participantes había un joven antropólogo chileno que había llegado a Oaxaca desde Brasil, país en el cual había iniciado sus estudios de antropología. Su ponencia trató sobre los “anarcofutboleros” en Chile, es decir sobre las barras bravas de impronta anarquista tal como se presentaba la barra Desde Abajo del equipo de fútbol de la Universidad de Chile en ese tiempo. Fue muy interesante. Otras ponencias trataron sobre la influencia del magonismo en las luchas actuales (de ese momento) y sobre las luchas indígenas y campesinas en tiempos de neozapatismo. Mi ponencia que trataba sobre la transición condicionada por el pinochetismo se vio interrumpida cuando, en una pausa en mi entusiasta disertación, alguien me dijo que por favor hablará más lento y con más volumen porque no me entendían nada. Eso hizo que, de ahí en adelante, me esforzara en no hablar más en “chileno” fuera de Chile.

Aparte de conocer las luchas locales, mi guía me mostró los barrios, como jugaban béisbol en canchas barriales, el olor a cacao tostado en las tostadurías del mercado local, visitamos también San Bartolo donde compré un par de regalos muy baratos en esa hermosa greda negra y, mi guía, consiguió unas calacas de greda para su colección. En pleno plan turístico fuimos al árbol más ancho en Tule, que realmente es muuuy ancho, así como visitamos las pirámides y ruinas de Yagul y Mitla, a las que entramos sin pagar como buenos punks. A la de Monte Albán no fuimos porque debía elegir entre visitar esa o Yagul y Mitla… y preferí las menos turísticas. Yagul fue fantástico, porque además debíamos cruzar un campo de agaves para llegar al campo de juego de pelota zapoteco. En Mitla entramos por el costado y nos sumamos a una visita guiada muy informativa. Fue verdaderamente un aprendizaje para mí. Dos cosas curiosas de esas visitas fueron: que compré un sombrero de paja campesino muy barato -10 pesos mexicanos- que inició mi colección y que aún, muy deteriorado, conservo y que, llegando a Mitla en colectivo vi por la ventana a una señora con paraguas y pensé “vaya, Si no hay nubes siquiera” y pregunté a mi nuevo amigo que era eso y él me dijo que la señora usaba el paraguas como sombrilla. Al final de la estadía en Oaxaca me enseñó la catedral de Oaxaca y me contó que los españoles para conquistar la zona habían hecho que las comunidades rivalizaran en construir la iglesia más grande y que por eso iba a ver que en los pueblos de la región la iglesia era el edificio, con mucho, más alto y más grande de cada pueblo.

Vuelta al DF

Volví al DF con Oaxaca pegada en la piel y la memoria. Nos reencontramos con Yohanna y reanudamos los contactos con lxs compas anarquistas y del FAT. Una noche nos invitaron a Ecatepec, a la casa de un compa. Allí, en esa casa, fabricaban piñatas, al estilo clásico y al moderno, es decir con y sin vasija de barro. Bebimos en la vereda de la calle y debimos ocultarnos de la policía que andaba en busca de su “mordida”. Otro día, solo, recuerdo haber estado de mañana en la casa de un compa que desayunaba huevos con champiñones, cosa que en Chile en esos momentos me hubiera parecido un lujo, pero allí, en esa casa de piso de tierra, con la luz entrando por la puerta, solo me parecía delicioso y adecuado. Me impresionaba también que todo mundo comprara agua embotellada y apenas usara el agua de la canilla/llave del agua. Además, en esa casa, tenían un ingenioso aparato para colocar el botellón de agua y poder verter fácilmente el agua. No solo estuvimos en lugares “oficiales” sino que tratamos de contactar profundamente con los y las compas.

El año social Flores Magón tuvo un evento importante en el DF:  la marcha de las comunidades mazatecas venidas desde Oaxaca, que fueron recibidas y alimentadas en la cocina popular de las textileras. Ayudamos a cocinar, picando miles de cebollas entre otras cosas y a servir la comida y limpiar los platos de las familias mazatecas que venían a la marcha que sería larga y vistosa. La marcha recorrió buena parte de la ciudad, incluyendo caminatas por los viaductos, siempre acompañada por bandas que no dejaban de tocar música, con muchos vientos tales como trompetas. La marcha concluyó en la rotonda de las personas ilustres dónde estaban los restos de los revolucionarios, entre ellos los hermanos Flores Magón. Esta marcha fue uno de los primeros eventos grandes en los que participamos, en ella  vi a las familias comer tortillas y morder unos pimentones pequeños con entusiasmo y, creyendo en eso de “donde fueres haz lo que vieres” tomé mi tortilla y el pimentón pequeño que resultó ser un ají (chile) que hasta el día de hoy me pica. Me picó al comerlo, al saborearlo, al tragarlo, en la guata, en mis lágrimas cuando lloré por el picor y después me siguió picando. Después de eso tomé más precauciones y ya no me volvió a sorprender ningún delicioso ají, a los que me hice adicto por años.

Nos volvimos a encontrar con la señora chilena y su novio venezolano, quienes siguieron invitándonos a lugares de comida como uno que me llamó mucho la atención porque era restaurante, cafetería, librería y tienda todo al mismo tiempo (si no me equivoco se llamaba Sanborns o algo así). Con esa pareja pudimos conocer la plaza Garibaldi, los mariachis y los restaurantes para turistas que hay ahí. Con Angélica (así se llamaba la señora) y Osvaldo (el novio) también visitamos la Zona Rosa donde entramos a una disco en la cual ponían rock sudamericano y pudimos escuchar y bailar a Los Prisioneros y pudimos conocer y ver como bailaban “quebradita” así como la novedad de ese momento, creo, Los Ángeles Azules y su “como te voy a olvidar”. Esa pareja era muy amable con nosotros y tanto Yohanna como yo intentábamos devolverles de algún modo la amabilidad, lo que se fue poniendo un poco complicado porque pues teníamos muchas diferencias y en realidad nos unía lo entretenidos que parecíamos nosotros a ellos y viceversa. Me ofrecí, por ejemplo, a hacerles cambios de dólares en hoteles ya que me llamó mucho la atención que se cambiaran dólares en hoteles y algún depósito en bancos, en ningún caso cifras que me parecieran espectaculares o dignas de recordar. Pero eso, estando demasiado tiempo juntos, tratábamos de tomar distancia de ellos sin ser cortantes o antipáticos. Pr ejemplo, yo había perdido mis lentes en Chile y viajé sin ellos. Angélica dijo que era muy fácil sacar lentes en México y que en la misma óptica me harían los exámenes. Me llevó a una óptica y me regaló los lentes. Le agradecí mucho eso y apuré las ganas de separarme de ellos por el tema de la dependencia posible que podía generar ese tipo de regalos. Un temor infundado puesto que teníamos pasajes de regreso a Chile. El novio, Osvaldo, bebía mucho, tanto que desayunaba un cortito de ron. Conversábamos con Yohanna como es que nunca le veíamos ebrio si bebía seguido y llegamos a la conclusión de que talvez nunca le vimos sobrio.

El FAT

En el Congreso  del Frente Auténtico del Trabajo descubrimos que los caprinocultores (cabrerxs)  del “valle” quienes eran uno de los pilares económicos del FAT en ese momento, según ellos decían, puesto que habían pasado de criar cabras a criar avestruces, de las que vendían todo (huevos, plumas, carne, cuero) y nos mostraban con orgullo sus botas vaqueras hechas de cuero de avestruz. Otro sector importante era el de las comunidades ejidatarias de campesines/indígenas que luchaban por la tenencia de sus tierras históricas, amenazadas por la desposesión neoliberal.  El Congreso era al mismo tiempo un encuentro de esa red de movimientos que era el FAT como un espacio de decisión política de esa organización. Podías ver la diversidad de culturas y pueblos que es México, desde “charros” del norte hasta indígenas del sur y afrodescendientes de la costa, así como a sus aliados yanquis y de otras partes del mundo, entre las cuales estábamos nosotrxs. La gente en el Congreso nos preguntaba de dónde veníamos y alguna vez nos causó risa que nos dijeran que no podía imaginar que hubiese algo más al sur de Panamá, un lugar al cual alguno de ellxs había viajado alguna vez. Tras el Congreso visitamos en el DF una imprenta que estaba ocupada por sus trabajadores, tras la declaración de quiebra que habían realizado los dueños. La ocupación de la imprenta tenía por objetivo lograr que la deuda con los trabajadores fuese pagada con la imprenta toda y así poder reactivarla y convertirla en una empresa autogestionada por ese sindicato FAT.

Mientras alojamos en el FAT cocinamos comida chilena para nosotros y lxs compas que cuidaban el local. Cocinamos es un plural muy inclusivo porque quien llevó adelante todo fue Yohanna, yo creo haber ayudado con lavar, pelar y picar. Nos divertía mucho ir a comprar huevos por kilo y pan por unidades, todo al revés que en Chile. También nos llamaba la atención la gran cantidad de distintas policías que habían, acostumbrados como estábamos en Chile a solo ver a “los pacos”. Otra cosa es que nos costó unos días entender que “pena” allá quería decir “vergüenza”. A Yohanna le gustó tanto un envase de leche que se trajo el envase en el viaje de vuelta. Entre las cosas que hicimos en solitario Yohanna y yo, estuvo el ir al cine en Ciudad de México, elegimos para eso un cine céntrico, grande, no ultramoderno. Vimos Seven, que era toda una novedad. La sala no estaba muy llena y la película nos enganchó… hasta que la película paró y un mensaje en la pantalla señaló que habría una pausa para ir a comer algo. ¡Quedamos plop!, nunca habíamos tenido esa experiencia. La gente salió de la sala, compraron cosas para comer y beber, fueron al baño, como 10 minutos de pausa hasta que se reanudó la película.  Otra cosa entretenida fue en un bus: comimos un helado de piña hecho con dos rodajas de piña congeladas, una delicia.

Regreso

El olor de la Ciudad de México, DF y Estado, se impregnó en mi por años, de una manera conflictiva, por mucho tiempo por ejemplo aborrecí y amé al mismo tiempo el olor a tortilla de maíz, que era el olor definitivo de la ciudad, que emanaba de cada boca de metro, de cada esquina, de cada puesto de comida en toda vereda. Los pistachos que abundaban. Fue en este viaje que escuchamos que a la cerveza le decían “chela” ahí en México. En Chile, hasta ese año 97 (y posteriores) no escuché que se le dijera así, después si, digamos a partir de los 2000, cuando se le dejó de decir “pilsen”. No digo que no hubiese gente que le dijera “chela” a la cerveza en Chile hacia el año 97 o antes, solo que no era popular ese nombre, no se escuchaba. Trajimos regalos para las familias y amistades y uno o dos tomos de la Enciclopedia Anarquista cuyo destino era una biblioteca anarquista que íbamos a levantar. Con el paso del tiempo perdí el rastro de esa Enciclopedia Anarquista, pero espero siga en manos colectivas y libertarias.

La despedida fue rápida y a la vuelta, en un viaje con muchas paradas otra vez, rehuyendo de los chilenos neoliberales que volvían de Cancún, veníamos tan pobres que ni para cigarros nos alcanzaba, digo “nos” no por fumar, sino porque a esa altura ya compartíamos todo, especialmente la pobreza.

Pelao Carvallo, recuerdos de México en 1997,

escritos en Paraguay este 2020 pandémico

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